El Malogrado – Thomas Bernhard (1983) (& Glenn Gould)

“Decimos una palabra y aniquilamos a un hombre…

… sin que ese hombre aniquilado por nosotros, en el momento en que pronunciamos la palabra que lo aniquila se dé cuenta de ese hecho mortal, pensé. Una persona así enfrentada con una palabra mortal así, como concepto mortal, no sospecha nada aún del efecto mortal de esa palabra y de su concepto, pensé. Glenn, antes aún de haber empezado siquiera el curso de Horowitz, le dijo a Wertheimer la palabra malogrado, pensé, podría determinar incluso la hora exacta en que Glenn le dijo a Wertheimer la palabra malogrado. Decimos a una persona una palabra mortal y, como es natural, no tenemos conciencia en ese momento de que, realmente, le hemos dicho una palabra mortal, pensé”.

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No sin mi chandal



Lo cerraban siempre todo con llave, dije, tus padres, como también los míos, mientras que yo lo dejo todo siempre abierto, odio las puertas cerradas con llave, esté donde esté dejo siempre mi puerta sin cerrar. Y lo ordenaban todo en seguida, apenas había dejado yo un objeto, volvían a quitarlo, de esa forma impedían de un modo totalmente sistemático que nuestra casa se desarrollara humanamente, tenían siempre miedo de que, por mi causa, o la de mi hermana nuestra casa empezara a vivir
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Reencuentro – Thomas Bernhard

El martes, mientras el Barça derrotaba al Milán AC, yo me dedicaba al “Goethe se muere” del austríaco Thomas Bernhard (1931-1989). Es una recopilación de textos suyos que supone otra proyección de sus neurosis en ese espiral lingüístico que resulta su prosa. Un estilo que recuerda al uno dos un pugilístico, hígado, pulmón, hígado, un castigo inmisericorde que busca vencer resistencias y hacernos hincar la rodilla. Su manera de fluir, su insistencia y el lirismo que domina la construcción de las frases, que me arrastra al alemán original, aun desconociendo el idioma, te puede escupir fuera o encerrarte en su cáscara de odio. El martes la calle chillaba de la emoción y yo oía al difunto Bernhard bramar por las diferentes injusticias que le persiguieron de por vida. Gol y traca mientras el autor se recluía en un torreón a disfrutar del filósofo Montaigne o a recorrer las montañas de sus mayores plagadas de inconvenientes.

Me pasó lo mismo durante aquel 5 a 0 que le endosó el Barça al Madrid primerizo de Mourinho. Se jugó en lunes y llovía, y, para ahorrarme nervios y disgustos, me refugié en “La Montaña Mágica” de Thomas Mann, justo cuando el primo sano enferma de amor y tuberculosis. Los petardos del vecindario me fueron avisando de la gesta. Preferí Davos y el aire seco del balneario, la ruina del alma y la infección por amor.

En ambas ocasiones, me desperté al día siguiente con la crónica de los hechos y sus titulares rimbombantes que pretenden incluirnos a todos. Del triunfo a la cuestión nacional, en viaje de ida y vuelta. Y es que ahora parece que el deporte lo domina todo y las crónicas políticas parecen pertenecer al mundo del espectáculo, de la competición y el esfuerzo. Linimento, sudor y ducha. Siempre se agradece una victoria cuando todo va mal, ayuda a tragar la pócima, a llenar nuestros ojos de banderas sin que escueza.

Thomas Bernhard odiaba Austria por su colaboración con el régimen nazi. No aguantaba la hipocresía que manejaban sus compatriotas ni el principio de falsedad con el que reconstruyeron. Muerto el perro seguían mandando los mismos, iglesia, bancos, grupos de presión. Perdonar y continuar, de acuerdo, pero cambiando los triunfos de la baraja. Era tal su rencor que Bernhard prohibió la publicación de su obra en Austria. Neurosis de un pobre loco, claro.
Eso.

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