Johnny B. Goode – Chuck Berry / Jimi Hendrix (1958 – 1972)

Rest in Peace, Chuck Berry

El “coloured boy” que se convirtió en el “country boy” para conseguir que su “Johnny B. Goode” sonara en las radios blancas norteamericanas. De esta manera los cristianos americanos permitieron a sus “coloured guys” hacerles de bufón de la corte (sin intuir que les estaban dando la llave de los grilletes). De Coltrane a Otis Redding y a Michel Jackson, hasta, diría, que al presidente Obama. Ellos lo saben, que todo aquello que no era estrictamente caucasiano fue objeto de escarnio y de maltrato durante años y años. Menos mal del arte y sus distintas manifestaciones como la forma pacífica de resolver diferencias y ensanchar mentes, como en el siglo XX correspondió a la música moderna, dejando de lado pelucas y lacas para optar por pantalones de pata ancha, brillantina y chorreras. Bien por Berry y como dice Fito en Facebook por los que vendrán, blancos y negros, revueltos, para dar alegría al siglo e inspiración a los que les siguieron. Hasta convertir aquello en una profesión respetable.

Aunque conocía el clásico, me entró antes la versión de Hendrix que abría el doble disco de su película biográfica. Creo recordar que fue la primera canción de Hendrix. Y la impresión que me causó de primeras su manera de tocar la guitarra.

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Giant Steps – John Coltrane (1960)

Su debut para el sello Atlantic lo completó Coltrane mientras participaba en el “Kind of Blue” de Miles Davis. De mayo a diciembre del 59 y publicado a principios del 60. Imagino entonces la poderosa vibración surgida de esas dos grabaciones, habida cuenta que ambos músicos compartían banda de acompañamiento. ¿Espionaje y contraespionaje? ¿Sano espíritu competitivo? ¿Me importa un pito lo que hagas con tu vida? Supongo las espadas en alto de quién manda y de quién quiere despuntar harto de su papel de comparsa para siempre jamás. La rotundidad del disco suena a ese puñetazo en la mesa. Coltrane estruja su talento, la música, lo que lleva dentro para ponerlo todo en la mesa y se sirvan ustedes lo que quieran. Hasta la última gota va a extraer, hasta quedar vacío, su alma como bolsa de papel. Melodías, velocidad, libertad de movimientos, blues y magnetismo. Las notas de “Giant Steps” que abren el disco marcan el músculo del intrépido. Coltrane no aguanta más su papel secundario. El cacareo del saxo tenor avisa que ahora él es el amo del gallinero. Y de nuevo la química del talento natural que ordena los componentes de la fórmula para situar al artista un paso por delante de la competencia. Davis, Monk, Mingus, Ellington, Porter. “¿Y a mí qué me explica?”, parece decir a la parroquia de señores del jazz. Dice la historia que cumplió en dos tandas de grabaciones, con bases rítmicas diferentes. Imagino que huyendo de las preguntas capciosas, ocultándose en la noche, entre actuación y actuación, oyendo consejos y propuestas. Salía con la banda de un estudio y se encerraban en otro. a continuar con lo suyo. Debieron quemarle los labios de soplar, dejándose los pulmones y el cuello. El cuerpo, de tanta tensión y contorsión. Hasta hacer brotar bajo sus pies esos peldaños del disco que le elevarían a figura del jazz.

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A vueltas con las listas del año y The Epic – Kamasi Washington

A vueltas con las listas de éxito de cada año. El gustazo de periodista de turno por dar a conocer sus méritos, su ojo crítico y el olfato comercial, que también tiene su importancia. Cosas de esas del buen saber y conocimiento. Entonces, por el asunto del eclecticismo, la peña de conaisseurs se acuerda de otros estilos. Para que no digan que son unos cejijuntos y que no saben mirar a otro sitio. Pitchfork, la revista referente del asunto musical más allá de Adele y Pablo Alborán, hace años que sirve a los aficionados de termómetro del asunto de las tendencias. Su palabra es ley como lo han sido o fueron Rolling Stone, Spin, Rockdelux, The Wire, Les Inrokuptibles, Mojo, NME o Melody Maker según tiempos y latitudes. La pretensión de Pitchfork viene casi del nacimiento de la prensa, de cuando el informador recibió dos cariñosas collejas por la faena bien hecha y se creyó Dios, Cuando todos sabemos que se trata de un mero asunto de gustos. Y tampoco hay que darle más vueltas. Me gusta no me gusta me gusta no me gusta y deshojamos la margarita sin mayores problemas. De ese dilema saltamos fácilmente al “bueno malo” con el variante “es la bomba” o el “es una puta mierda”. En el caso de Pitchfork, lo dicho. Marcar tendencia y sacar tajada de la convulsa industria del entretenimiento. Bendecir y descubrir, impulsar y convertir su voz en imprescindible. Con la pátina tramposa en cuanto que hablamos de gustos personales.

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A partir de aquí, el asunto Kamasi Washington. Un repaso a Pitchfork deja claro que el asunto del jazz no entra en sus prioridades como lo es el hip-hop, el pop, el rock o el electro. El jazz lo tratan muy de cuando en cuando, a saber porqué, si hay intereses o si el personaje viene recomendado. No lo sé. El tema del tal Kamasi. El artista se presenta con un triple disco!!! debajo del brazo. Se supone que buscando el perfil monumental o algo similar. Si a eso añadimos un estilo parecido a lo que Coltrane bendijo como Spiritual Jazz con su “Africa/Brass”, algo así como improvisación, raza e introspección sonora, el muchacho Kamasi lo tiene hecho para… ¿dar gato por liebre?. No exageremos. El disco suena correcto, cargado de arreglos vocales y aires brillantes. Bien medido y estructurado. Quizás demasiado, como buscando con exceso el aplauso fácil. A partir de aquí, el truco o trato del lugar común que maravilla a algunos por pura ignorancia y la trampa de quien ya ha oído y repasado a Pharoah Sanders, a John Coltrane, a Alice Coltrane, a Cecil Taylor, a Ornette Coleman, a Albert Ayler. Es igual. Tampoco vamos a ponernos sesudos. Sencillamente, críticos. Con la prensa y esa grandilocuencia barata que a veces exhiben por aquello de quedar bien, modernos y con la mirada más allá de los márgenes establecidos por Jamie XX y Kendrick Lamar. A partir de aquí porqué no hablar de Matana Roberts, de Tigran Hamasyan, de Marc Ribot y los Young Philadelphians, de la última locura de Agustí Fernández, de The Bad Plus, de Joshua Abrams. Es por la difusión de otros estilos, dirán. Y estoy de acuerdo. Que menos que eso. Es también la teoría del dominó. Quién lanza la piedra y esconde la mano y los demás seguimos embobados su trayectoria. Palabra de Pitchfork… te adoramos.

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Impressions – John Coltrane (1963)

Un choque de estrellas entre Coltrane y Dolphy, a soprano y alto, y a tenor y clarinete bajo, con el soporte de los habituales McCoy Tyner, Garrison, Elvin Jones y compañía (según la versión y los diferentes añadidos). Poesía para quien disfrute de la libre expresión del directo y del intercambio de tandas. Coltrane firma y reparte, da primero porque es el jefe, exprime con su soprano el ambiente desde el minuto cero. El resto del equipo le sigue la pista, se ordena o se relaja con el ojo atento en el centro del escenario. Dolphy ejerce de segundo espada, al tanto de lo que haga y proponga el jefe. Recoge la tanda de Coltrane y evita que la tensión no decaiga con esa florituras broncas que practica. Brillos de metales y maderas, dedos rápidos y persistentes sobre los huecos que deja la base rítmica a su espalda. Delante de ellos se supone a la audiencia que contiene el aliento al tanto de la leyenda y la improvisación que sigue raíles de viejas canciones. El talento llena la máquina de cordura: libertad, sí, pero ligando notas siempre. De “India” a “Impressions”, las dos obras grandes y esos dos detalles que son “Up against the wall” y la triste “After the Rain” que ata el lazo del regalo para que la cosa quede resonando en la cabeza. Sin demasiadas rigideces ni muchos estropicios. De Coltrane a Dolphy. Del 63, cambiando la música.

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