The New Breed – Jeff Parker (2016)

Uno de los discos del 2016
I un dels disc del 2016 segons The Observer

Un punto de partida de categoría, con los fríos y metódicos Tortoise en el saco, también de la fría Chicago, que en su momento fue base de operaciones del artista, buscar los sonidos desde el centro del alma, también del corazón, probar Los Ángeles como otro escenario donde practicar la cuadratura del jazz, quizás tenga más salida en el desierto actual del negocio discográfico, centrarlo todo en la guitarra como instrumento mayor, añadir utensilios propios de otros estilos, que podrían ir del hip-hop al post rock, experimentar en el bucle de la música, esa manera de retroalimentar el estilo haciendo chocar influencias en el núcleo. Escuchar lo que llevamos en el corazón, lo que hemos cargado con los años, un repaso a nuestra conciencia musical. El disco toma altura casi sin quererlo, desde la primera escucha; la guitarra de Parker lidera el invento, le acompañan, una batería, un bajo y un saxofón. Suena clásico, como ese post-bop de finales de los cincuenta que merodeaba inquieto los márgenes del jazz buscando salirse del cuadro. Habla la improvisación que hace correr los dedos con el aliento contenido. Lo hacen sonar tan urbano como todos esos discos pretéritos que salieron en cadena en uno de los momentos más brillantes de la producción discográfica. Negro, brillante, azul, cerebral. Como esos clubs que sonaban, uno detrás de otro, con sus carteles hechos de bombillas, animados por futura leyendas del estilo. Azuzado por esa leyenda, que imagino debe pesar como una losa, Parker está obligado a probar e incorpora lo que encuentra en el ambiente, el hip-hop que señorea por Los Ángeles, los viejos trucos que utilizaron Tortoise a principios de los 90’s cuando despuntaron en la escena musical. El arte del sampling que le hará llegar donde no llegan los instrumentos convencionales. El asunto es no parar, ir probando con lo que tenga a mano. Ofrecer algo a cambio de ese momento de escucha y reflexión.

Share Button

Giant Steps – John Coltrane (1960)

Su debut para el sello Atlantic lo completó Coltrane mientras participaba en el “Kind of Blue” de Miles Davis. De mayo a diciembre del 59 y publicado a principios del 60. Imagino entonces la poderosa vibración surgida de esas dos grabaciones, habida cuenta que ambos músicos compartían banda de acompañamiento. ¿Espionaje y contraespionaje? ¿Sano espíritu competitivo? ¿Me importa un pito lo que hagas con tu vida? Supongo las espadas en alto de quién manda y de quién quiere despuntar harto de su papel de comparsa para siempre jamás. La rotundidad del disco suena a ese puñetazo en la mesa. Coltrane estruja su talento, la música, lo que lleva dentro para ponerlo todo en la mesa y se sirvan ustedes lo que quieran. Hasta la última gota va a extraer, hasta quedar vacío, su alma como bolsa de papel. Melodías, velocidad, libertad de movimientos, blues y magnetismo. Las notas de “Giant Steps” que abren el disco marcan el músculo del intrépido. Coltrane no aguanta más su papel secundario. El cacareo del saxo tenor avisa que ahora él es el amo del gallinero. Y de nuevo la química del talento natural que ordena los componentes de la fórmula para situar al artista un paso por delante de la competencia. Davis, Monk, Mingus, Ellington, Porter. “¿Y a mí qué me explica?”, parece decir a la parroquia de señores del jazz. Dice la historia que cumplió en dos tandas de grabaciones, con bases rítmicas diferentes. Imagino que huyendo de las preguntas capciosas, ocultándose en la noche, entre actuación y actuación, oyendo consejos y propuestas. Salía con la banda de un estudio y se encerraban en otro. a continuar con lo suyo. Debieron quemarle los labios de soplar, dejándose los pulmones y el cuello. El cuerpo, de tanta tensión y contorsión. Hasta hacer brotar bajo sus pies esos peldaños del disco que le elevarían a figura del jazz.

Share Button

Open, To Love – Paul Bley (1973)

“Incluso cuando se equivoca, se equivoca de manera brillante”, comentaba no hace mucho Agustí Fernández sobre la magia pianística de Paul Bley, y parafraseando quizás a Miles Davis, cuando le recriminaba a Wayne Shorter que si se equivocaba, se equivocase fuerte.
(Del recordatorio de Pablo Sanz. El Mundo del 5/01/2016)

paul bley open to love

El pianista de jazz Paul Bley (Montreal, 1932) traspasó el domingo 3 de enero, según informó su discográfica, la mítica ECM. A partir de aquí, silencio. Como uno de esos que se practican entre notas de jazz frío, ese momento de reflexión sostenido que dedos y mente se toman antes de sacar otras notas. El tres de enero parece un mal día para morir, porque eché de menos algún recordatorio de esos periodistas amantes de Kamasi Washington para este grande del jazz que se nos iba por una puerta discreta, como sin querer molestar. No hubo panegírico de turno ni pequeño homenaje, ni columna o página. Tampoco está mal, parece. Porqué si no se ha hablado de él, ni se ha mostrado un mínimo interés (a pesar de su categoría), pues para qué practicar esa deleznable hipocresía de última hora para con los muertos. En fin… Una escucha a este “Open, To Love” permite entender o tomar medidas a la grandeza de su estilo, porque era lo que tenia Bley, estilo, eso tan difícil de poseer y por el que muchos artistas matarían. Con un legado de más de cien discos entre grabados en estudio o en directo. Con infinidad de colaboraciones con primeras figuras del asunto. De Sonny Rollins a Chet Baker, Coleman Hawkins, Archie Sheep, etc… ¿Seria por su estilo abstracto? ¿Por la frialdad de las composiciones? Esa manera de anteponer la razón al arrebato. Aquello que llaman conocimiento y que ha quedado enterrado entre pilas de basura conceptual.
De nuevo, sí, eso. Que pase el siguiente que aquí esperamos turno para cuando nos toque.

Share Button