Música, Música

2014-07-07 17.32.55

M’ho va dir el calb aquell. Amb un to de menyspreu com fusta nua. L’aire de superioritat moral, aspre al tacte, que em va decidir de distanciar-me. Que et fotin, vaig dir, i vaig afegir de pensament unes notes ploroses de violins. Serveix per això, per ambientar una circumstància sense necessitar instruments reals ni saber-los tocar. Pensar una nota, realitzar-la, fer-la sonar com la d’aquell disc. Recuperar uns versos carregats de mala llet, no cal saber cantar, els penses i ja ho tens. Com aquell “per què vols TV si tens T-Rex”, que encara em recorden algú de “L’endemà”. Una melodia que recupera un moment feliç, aquelles tardes fumades a can Charlie. Els setembres vermells amb Jimi Hendrix o els Stooges. La compro o descarrego, faig un mur d’aïllament, com quan abans sortia a passejar amb els auriculars a les orelles, escollia un disc i m’escrivia una escena baixant a plaça Catalunya, driblant turistes i transportistes a ritme de Primal Scream, o perseguint fantasmes darrere la partitura de Barry Adamson. Trencant murs muntat en el desordre d’Ornette Coleman. Llegint Knausgård, o Zweig, o Shriver, o Saunders, la música supera la prosa i esquitxa el terra perquè hi patinin les opinions prefixades. Nans i gegants.
Sonen les Sueques i és pregunten qui ets tu.
Música. Per donar i vendre.

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Guerracivilandia en ruinas – George Saunders (1996)

“Después del trabajo me voy a casa, veo un poco la tele y a veces rezo un par de rosarios.
Treinta años más de esto y todo habrá acabado, y yo no habré hecho daño a nadie ni me habré puesto en ridículo.
Y, sin embargo, soy un ser humano”.

El mundo como un parque temático es la película de la vida que nos ofrece el escritor George Saunders (Amarillo, Texas, 1958) En un revuelto de cinismo y crueldad, los personajes de sus cuentos son la tostada que cae del lado embadurnado de mantequilla, sus momentos anónimos de convivencia mezclan en una misma dosis hiperrealismo y surrealismo. Sobredosis de miseria y absurdo para terminar con una media sonrisa. Sus cuentos hurgan en la herida de la vida moderna capitalista y en un estado del bienestar en ruinas. A cambio: fútbol, telecasquería 24 horas y compra a crédito (más comisión) para tenernos entretenidos y para dejarlos tranquilos con sus tejemanejes. Camillas por los pasillos de los hospitales, niveles culturales ciudadanos en retroceso, nuestros mayores y los más débiles abandonados a su suerte. Saunders nos pinta como Quijotes sin armaduras, defendiéndonos con nuestro sobrepeso, con la idiotez supina que nos toca por convenio, con el gusto por la desgracia. Caemos y volvemos a caer sin descanso ni margen de recuperación. Los molinos van a zurrarnos en serio. Y no hay Sancho Panza que nos asista ni nos recoja del suelo. Solo queda reírnos del último incidente, de la desgracia ajena, cuando tenemos la nuestra pegada al cogote, y tomarlo con el espíritu deportivo que determina el american way of life. Saber ganar y saber perder. Sobre todo, perder. Es lo que hemos querido, un crédito eterno para nuestras vidas a cambio de un sinfín de sacrificios, fraccionados en el cobro, por eso (o eso nos han hecho creer). Entretanto, “Guerracivilandia en ruinas” funciona como muestrario de las coyunturas que nos esperan. Ya podemos reír, ya, que nos esperan, no demasiado lejos.

“No puedo evitar la sensación de haber nacido en la época incorrecta. Las personas entonces eran gigantes, miembros de la realeza, poseedores de una generosidad inimaginable y de un poder sin precedentes para hacer el bien”.


El hombre que no hablaba a la oreja de los ponis

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