Patria – Fernando Aramburu (2016) (I la fi d’ETA)

 

“El encuentro se produjo a la altura del quiosco de música. Fue un abrazo breve”

 

El nobel Elias Canetti ho explica a les memòries, quan, després d’assistir a la protesta per l’assassinat del canceller alemany Walther Rathenau, es veu atrapar pel dilema d’escollir entre la persona i la massa. Un nacionalista ultradretà havia mort el canceller en considerar que aquest arrossegava l’honor del país quan intentava negociar el deute d’Alemanya amb els països guanyadors de la Gran Guerra. Vint anys després, l’arribada de Hitler al poder donarà resposta al dilema de Canetti. Persona o massa? Hitler i els seus estrategs dels uniformes, les banderes i les desfilades acabaran llençant Alemanya a la bogeria del III Reich i les seves conseqüències.
Patria” d’Aramburu escull la persona per provar de donar opinió del conflicte basc.Com la literatura fa des de les tragèdies gregues, l’autor cerca uns personatges arquetips i un dia a dia, unes famílies, uns interessos, un poble, uns costums i fa el seguiment d’aquestes vides per aconseguir una imatge polièdrica del tema de la violència a Euskadi. 640 planes, una línia cronològica que l’autor mou a conveniència, una veu omniscient que explica els fets des de la distància i que permet reflexions puntuals en primera persona dels protagonistes. Una estructura de capítols curts, protagonitzats pels diferents personatges, dona velocitat de creuer a la lectura, de tal manera que. la narració flueix i no encalla. 640 planes? Potser siguin massa. La versemblança de la història? Aquest potser sigui el punt feble del llibre. Coincideixo amb l’opinió de Pau Luque sobre aquests arquetips que de vegades freguen l’estereotip. Aramburu ho explica des de l’objectivitat i eludeix els bàndols. Però la violència genera violència i marcar una línia a terra que determina actituds i activitats d’uns i altres. Llavors el dibuix de determinades històries queda macat, malgrat l’esforç de l’autor. Brilla la malaltia d’un dels personatges que sembla voler passar per metàfora de la història; l’obsessió per una idea, el virus d’un conflicte intern que trenca vides i dissol famílies i l’esperit de superació per treure’s del damunt l’infortuni. Aramburu deixa fer al pes de fets, al quefer biològic de la natura humana que finalment troba el lloc que li correspon. Treu de l’equació partits i associacions; hi són, però surten com pinzellades ambientals, com l’engrut que demana la història. Finalment queda la persona al final de l’embut, sostenint amb paciència mil·lenària aquesta piràmide invertida feta de milions de veus i decisions que ens plouen al damunt cada dia. Com passa al llibre, al final quedem sol amb l’adversitat, que és allò que resta de l’odi i el dolor quan han passat els altres, la massa de Canetti, cridant consignes i prenent decisions genèriques, les quals acabaran girant-se contra les vides del carrer que van i venen de la fleca a la carnisseria, del bar a la plaça, del banc al dispensari. Una roda que gira i es repeteix i que té un nom comú, sense que haguem de gratar-nos gaire la closca ni posar-nos filosòfics. Se’n diu egoisme. Allò de no veure més que el nostre rostre al mirall.

Per reblar el clau, el “Sense Ficció” TV3:
La fi d’ETA

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1976 – 2016

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Teníamos catorce años en el 76, Franco llevaba muerto unos meses y sus sucesores se afanaban en desmontarle el tinglado a pesar del atado y bien atado. Esperando el momento, los nuevos dieron impulso al recambio generacional, prometiendo respetar el legado (y las pensiones respectivas) mientras acompañaban a las momias a la puerta de palacio, pidiéndoles que por favor se taparan no fueran a coger un catarro. Imagino que abriría la comitiva Fraga, pero le tomó la delantera Adolfo Suárez. Según explica Javier Cercas en “Anatomía de un instante“, Suárez se trabajó el favor de Juan Carlos I, cuando, ejerciendo de director de TVE, le organizó al futuro rey un lavado de imagen para que el país le aceptara como futuro jefe del estado. A dedo le puso, vestido de almirante, como Franco hizo con él. Y en diciembre de aquel 1976, el estado votaba en referéndum exprés a favor de la reforma política. Recuerdo la campaña, con el cartel pidiendo el SI en sutil verde y el “Habla pueblo Habla” hippy de la sintonía con esa letra para convencer idiotas, cuando el país también pedía otro cambio de ritmo, aunque lo pilotaran antiguos funcionarios del Movimiento. Leía en La Vanguardia que, a pesar de la llamada a la abstención de los partidos que aún en situación ilegal ya se mostraban por las calle, en Catalunya votaron a favor un 92% de la población. Puedo imaginar el escrutinio maquillado al alza, más que nada para meter a todo el mundo en el brete, que Europa viera que nos integrábamos, que los militares y ultras supieran que nada tenían qué hacer, y a los supuestos radicales de izquierdas, que salían de las sombras y del extranjero, que supieran que les esperaban para negociar el futuro del futuro pastel. Cosas de esas. 1976. Un disgusto para mi abuela materna que solía decir de Franco que había cogido a España en alpargatas y le había calzado zapato. Mi abuelo materno, comandante policía en la reserva desde hacía un montón de años, no recuerdo que lo encajara de ninguna manera, vallisoletano de los que siempre parece llevar el sol de cara, achinaba la vista y callaba ante las nuevas circunstancias que les iban llegando y que ya vivieron antes de la guerra, como la legalización del partido comunista del archivillano Santiago Carrillo.

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1976. Teníamos catorce años y éramos razonablemente felices si quitamos el asunto académico que a algunos se nos comenzó a atragantar. Mucha exigencia en la escuela, que luego serviría para sacarme Periodismo con el mínimo esfuerzo. Tampoco demostraron mucha ciencia en la escuela (o poco ojo) sobre cómo tratar aquel despertar de los catorce años mientras el país comenzaba a sacarse de encima el muerto del franquismo. La vida desbordó en la calle y, aunque el estado y sus poderes, o la propia represión de la gente, hicieran por evitarlo, el barullo entró en las casas y cambió determinadas simetrías en las relaciones. El miedo, por ejemplo. Recuerdo los asesinatos perpetrados por la extrema derecha, al ejercito amenazando, la policía repartiendo palos. El terrorismo de ETA, FRAP o GRAPO que cada vez que actuaban nos ponían la soga al cuello. Pasaron cosas, rozamos el larguero, pero imagino que el entusiasmo espontáneo e incontrolable de la ciudadanía por lo nuevo evito el baño de sangre que algunos pretendían. Porque aquello pudo acabar en una carnicería. Imagino a Occidente actuando sobre todo en la Zarzuela para que el país no involucionaría y soltara amarras del pasado. Tengo la sensación, como mínimo en mi caso, de madurar con el discurso y la palabrería mientras el orden social franquista nos seguía tratando como a niños. Mi padre traía a casa los libros de Ediciones Ruedo Ibérico que trataban de la guerra civil y del anarquismo. Hizo mella entonces “El Laberinto Español” del historiador inglés Gerald Brenan que descubría los orígenes de la guerra civil española. Fue entonces que entendí de dónde veníamos y qué había sucedido antes la pasividad de la profesora de historia Bonet con las explicaciones. Siempre que llegábamos a ese tema, retrocedíamos en bucle a los godos, a los griegos y a la revolución francesa.

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1976 Vinieron los Stones a tocar a Barcelona y poca cosa más. Dicen las crónicas que hubo palos de la policía para quienes se quedaron sin entrada y querían colarse, un clásico de los conciertos de la época. Hubo palos y también tiros porque unos se sabían con el control de la situación perdido y querían reconducirlo sacando la pistola cuando menos te lo esperabas, vi aparecer unas cuantas así de forma espontanea como esas rojigualdas que se llevaban en el reloj o adheridas al cuello de la camisa. 1976. Palos por reunión ilegal. Tiros en Montejurra entre carlistas y los que lo eran aún más que los otros. Cinco muertos en Vitoria durante una protesta obrera. Hacer trotar a los grises que eran gordos y viejos Ramblas arriba hasta que trajeron a los especialistas de Valladolid, jóvenes y violentos y con el distintivo del pañuelo amarillo al cuello. Luego, el activista vasco Pertur desapareció y aún no está claro quien lo hizo, si sus compañeros de ETA, en desacuerdo con la intención de su líder de poner fin a la lucha armada, o la Triple A. grupo encubierto de la policía para combatir a ETA de forma ilegal. A cada sobresalto nos veíamos de vuelta al redil, pero, al año de la muerte de Franco, aquel cambio parecía imparable:Sí, la reforma fue consensuada y tutelada por los dirigentes del entonces, que hicieron o obligaron a redactar la constitución del 78 a su gusto. Y sí, nos vigilaban (y vigilan) aquello que conocimos como poderes fácticos, imagino que el ejercito, la iglesia y grandes empresarios. Pero, al año de la muerte de Franco, se votó a favor de aquella reforma exprés, Carrillo la llamó “reforma de ruptura pactada”, que aceptaba el atado y bien atado de los nuevos mandamases, comenzando por el rey, que, rápido, le cogió el gusto al cargo y a las prebendas, como sus amigos políticos y empresarios. Llegó la tele en color y pasamos del país del zapato de mi abuela, al de la zapatilla deportiva, del pantalón de campana al pitillo, de los pelos largos al encrespado entre Dallas y Nueva Ola. Nos esperaban nuevos acontecimientos en aquel tiempo que fue un no parar de salir a la calle. La matanza de Atocha, la legalización del PCE, el regreso de Tarradellas y la manifestación de un milió de segadors que nos devolvió la Generalitat i l’estatut d’autonomia. El Barça volvió a ganar al Madrid 0 a 2 a domicilio (aunque la liga fue de nuevo de los blancos). Y Cruyff se puso a fumar, a vender pinturas y a lanzar los saques de esquina.

Aquí una selección musical del 76

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