Fouché – Stefan Zweig (& Albert Ayler)

Por desgracia, La Historia Universal no es solo, como nos la presentan la mayoría de veces, una historia de valor humano, sino también una historia de la cobardía humana, y la Política no es, como se nos quiere hacer creer, la dirección de la opinión pública, sino el doblegarse esclavo de los líderes precisamente ante ea instancia que ellos mismo han creado y sobre la que han influido. Así surgen siempre las guerras: de un juego con palabras peligrosas, de la sobre-excitación de pasiones nacionales, y así los crímenes políticos: ningún vicio y ninguna brutalidad sobre la Tierra ha causado tanta sangre como la cobardía humana. Por eso cuando Joseph Fouché se convierte en Lyon en verdugo de masas, no es por pasión republicana (el no conoce pasión alguna) sino únicamente por miedo a caer en desgracia por moderado. Pero no son las ideas las que deciden en la Historia, sino los hechos, y aunque se revuelvan mil veces contra la frase, su nombre quedará marcado como el del Mitrailleur de Lyon

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Albert Ayler: Sprits Rejoice

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A vueltas con las listas del año y The Epic – Kamasi Washington

A vueltas con las listas de éxito de cada año. El gustazo de periodista de turno por dar a conocer sus méritos, su ojo crítico y el olfato comercial, que también tiene su importancia. Cosas de esas del buen saber y conocimiento. Entonces, por el asunto del eclecticismo, la peña de conaisseurs se acuerda de otros estilos. Para que no digan que son unos cejijuntos y que no saben mirar a otro sitio. Pitchfork, la revista referente del asunto musical más allá de Adele y Pablo Alborán, hace años que sirve a los aficionados de termómetro del asunto de las tendencias. Su palabra es ley como lo han sido o fueron Rolling Stone, Spin, Rockdelux, The Wire, Les Inrokuptibles, Mojo, NME o Melody Maker según tiempos y latitudes. La pretensión de Pitchfork viene casi del nacimiento de la prensa, de cuando el informador recibió dos cariñosas collejas por la faena bien hecha y se creyó Dios, Cuando todos sabemos que se trata de un mero asunto de gustos. Y tampoco hay que darle más vueltas. Me gusta no me gusta me gusta no me gusta y deshojamos la margarita sin mayores problemas. De ese dilema saltamos fácilmente al “bueno malo” con el variante “es la bomba” o el “es una puta mierda”. En el caso de Pitchfork, lo dicho. Marcar tendencia y sacar tajada de la convulsa industria del entretenimiento. Bendecir y descubrir, impulsar y convertir su voz en imprescindible. Con la pátina tramposa en cuanto que hablamos de gustos personales.

ka The Epic

A partir de aquí, el asunto Kamasi Washington. Un repaso a Pitchfork deja claro que el asunto del jazz no entra en sus prioridades como lo es el hip-hop, el pop, el rock o el electro. El jazz lo tratan muy de cuando en cuando, a saber porqué, si hay intereses o si el personaje viene recomendado. No lo sé. El tema del tal Kamasi. El artista se presenta con un triple disco!!! debajo del brazo. Se supone que buscando el perfil monumental o algo similar. Si a eso añadimos un estilo parecido a lo que Coltrane bendijo como Spiritual Jazz con su “Africa/Brass”, algo así como improvisación, raza e introspección sonora, el muchacho Kamasi lo tiene hecho para… ¿dar gato por liebre?. No exageremos. El disco suena correcto, cargado de arreglos vocales y aires brillantes. Bien medido y estructurado. Quizás demasiado, como buscando con exceso el aplauso fácil. A partir de aquí, el truco o trato del lugar común que maravilla a algunos por pura ignorancia y la trampa de quien ya ha oído y repasado a Pharoah Sanders, a John Coltrane, a Alice Coltrane, a Cecil Taylor, a Ornette Coleman, a Albert Ayler. Es igual. Tampoco vamos a ponernos sesudos. Sencillamente, críticos. Con la prensa y esa grandilocuencia barata que a veces exhiben por aquello de quedar bien, modernos y con la mirada más allá de los márgenes establecidos por Jamie XX y Kendrick Lamar. A partir de aquí porqué no hablar de Matana Roberts, de Tigran Hamasyan, de Marc Ribot y los Young Philadelphians, de la última locura de Agustí Fernández, de The Bad Plus, de Joshua Abrams. Es por la difusión de otros estilos, dirán. Y estoy de acuerdo. Que menos que eso. Es también la teoría del dominó. Quién lanza la piedra y esconde la mano y los demás seguimos embobados su trayectoria. Palabra de Pitchfork… te adoramos.

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