Abbey Road – The Beatles (1969)

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Se quiera o no, se intente o no, hay quién lo tiene y quién no. Quién mezcla bien y no debe poner demasiado empeño en sentirse estupendo porque le sale natural. Desde que abre los ojos por la mañana hasta que se acuesta.

Otra cosa es cómo llevarlo. Estirarse las patas de gallo o escoger como pareja a la persona menos agraciada de las que pululaba por allí aquel día y que finalmente te llevaste a la cama. Para que luego te pusiera la cabeza como un bombo con déjalo, déjalo, hasta acabar con la historia. A partir de aquí, tensiones entre ellos, las que se quieran, aunque creo que no eran tantas las que imaginamos. Porque de lo contrario no hubiera salido el disco este como salió. Con George Martin haciendo de Ancelotti con los egos de vestuario de los diferentes equipos que ha entrenado. Ahora tú, ahora él, ahora yo, y no nos olvidemos de Ringo que también juega en el equipo. Suena la tensión que cuesta armar tal repertorio después de decidir ellos que, como el grupo más grande del mundo mundial, iban a hacer lo que les saliera de las pelotas. Entonces línea argumental, por llamar al estilo común que conforma los discos, no existe. Cada canción es un mundo, un capítulo que se abre y cierra, sin nudos ni desenlaces, como habían apuntado en el White Album. Y si no te gusta, a mi qué me explicas: véndete el disco. La presión acumulada durante su periodo de traje y sonrisa Profiden los envió a la otra punta del mapa en su quehacer y resolver. Como tenían el pescado vendido de antemano, pues decidieron hacer lo que les placiera. Ahora tu, Paul, ahora es el turno de George, ahora viene John, ahora le toca a Ringo. Y que George “Ancelotti” Martin lo apañe todo, como si fuera la mujer de la limpieza que aparece a limpiar el piso después de la fiesta. La química sigue existiendo a momentos entre Paul y John, si es que era eso, que tampoco lo tengo claro, siendo yo Lennonista. Porque se notan las canciones de Lennon, por la sierra eléctrica que utiliza para esculpir en hielo sus canciones. Luego viene Paul y sus melodías. George y su toque, Y Ringo con los tambores. Y la mítica para el gato, porque los mortales lo que hacemos es comprar el disco. Y lo dicho, si no te gustan o te caen como el culo, basura o tienda de saldos.

Puedes escoger la canción favorita, sacar la letra y hacerte con ella un nudo en la garganta. Seguir el repertorio y perderte cómo aquel que disfruta cuando no encuentra la salida del bosque. Repetir la audición hasta que la pareja te odie y te esconda el disco con los trastos de la limpieza. Divorciarte por el simple hecho de seguir poniéndote el disco todas las mañanas, cruzar en rojo aquel paso de cebra por aquello de copiar simétricamente sus pasos, oír tus huesos romperse cuando te embistió aquel coche, creer que el camillero que te recoge del suelo es John de regreso a la tierra. Decirle a tu mejor amigo que no te entierren con “Something” porque la odias de todo corazón. Y despedirte del mundo con “I Want You” porque es tan heavy. Y entonces recordar que compraste el disco en Londres y tu edición es del 69 y que no paraste de oírlo en Lincoln cuando estuviste ahí un verano tratando de aprender inglés. Que no entendías muy bien de qué iba, pero que lo fuiste intentando, hasta que de pronto te lo encontraste dentro. Cosas del talento del cuarteto (si contamos a Ringo) Y Because el mundo es redondo, pues yo también giro. Y cosas así.

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