St. Vincent – St. Vincent (2014)

Alguien me dijo que no soportaba su pretensión a lo Robert Fripp con la guitarra. Ella se tiraba por el suelo en plena coreografía mientras la noche caía en aquel codo del Fórum de las Culturas que tiene algo de descampado miserable, pisando latas y vasos de plástico mientras el frío no dejaba un hueco libre. Sí, la señora esta pretende y va de lista por la vida, es de las que se piensa unas cuantas veces las canciones antes de sacarlas del horno. Sí. Las quiere embadurnar de originalidad, de poesía, de mensaje, para podernos dar gato por liebre cuando ya lo tenemos todo visto y oído. Mezclado, no agitado por favor. Por mucho que digan, no descuida el tema del espectáculo, lo viste y desviste, se busca músicos que interpreten, les obliga a meterse en la piel de lo que ella disponga, a actuar como payasos con un instrumento colgado del cuello. Para que ella vaya repartiendo favores entre el público, les hable de sus manías como si fueran verdades del mundo moderno. Su dogma, gracias, con ese sonido rasposo e indefinido, que a veces suena a disco y otras a la cosa progresiva de otros tiempos, que abraza esa manera desdeñosa de la escena mas in neoyorquina. Porque ella lo vale, parece decirlo con su despeinado natural y la mirada de rata astuta que pasea por las portadas de sus discos. Que ella es lo más, que ocupara lo más alto de las listas de éxito al tiempo que nos susurra a la oreja que también podemos tomarla por cantautora, la Joni Mitchell moderna, le gustaría eso, con una sonrisa en la boca de la que cambia favores por tarjetas de crédito. Y no, no me refiero a cosas del cuerpo, sino del alma, de que su esfuerzo merece una recompensa, ella actúa y ustedes pagan, la contundencia, el verso y la electricidad corren por cuenta de ella. Y el sentimiento que queda después de la experiencia, el poso satisfecho frente a la decepción diaria que quedará barrida si usted pone la oreja y algo de ganas. En serio. Vale la pena.

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