Ambient 1: Music for Airports – Brian Eno (1978)

Claro. En aquella época, los ruidosos Setenta y muchos, 78, en concreto, el disco este entró en la cacharrería con zapatillas de seda. Vale, me dije, ¿de qué va el tal Brian Eno?. Según las revistas musicales, venía de tocar las teclas con Roxy Music, banda inclasificable donde las haya, luego, por las fotos que nos servían de él, iba de melena rubia, ojos pintados y vestido estrafalario, con una boa de marabú anudada al cuello, muy en el estilo gay-rock que, se supone, practicaba la gente de Brian Ferry y compañía. ¿Entonces?
Claro. No entendí nada. Desde el título, “Music for Airports” evocaba la música impersonal que ambientaba las salas de espera de la época, a la portada del disco, la foto recuerda a los mapas de ríos que estudiábamos en clase de geografía, el disco juega al reto y la provocación. Como un “a ver si hay huevos de escucharlo”, susurrado, por eso. ¿Lo escuché? No recuerdo. Supongo que sí, ni que sea para sacar una noción negativa del estilo ¿a quién coño le interesa eso si no se oye nada? Cuatro canciones de 12 a 9 minutos, ¿realmente podía gustarle a alguien?
En el tiempo del ruido y la desobediencia, era Eno quien rompía, llevando la música al extremo contrario de lo que entonces se practicaba: si la mayoría creía en la distorsión, el optó por limpiar el ambiente de sobrecargas con pocas notas y mucho silencio, con el riesgo que ello comportaba.
Hoy su currículum se lee como un claro desafío a las reglas. Cuando creíamos haberlo oído todo, Eno vuelve a dejarnos atrás, de forma acertada o no, persuadiendo o provocando, tanto le da a él, siempre y cuando le dejen dudar.

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Juan Benet & William Faulkner

Un apunte sobre la novela moderna:

“La historia de la novela es un proceso de limpieza y reducción hasta esta novela moderna tan poco extraordinaria pero tan cercana y palpitante. Esta radicación terrenal, real, humana, cercana, era la piedra angular del novelista; quizás el único dominio estrictamente suyo y característico: el contar o poner ese algo en el mundo de todos nosotros. Otro escritor -el Kafka o el surrealista, el utópico, incluso el Camus en La Peste– necesitaba crear su propio mundo para su desarrollo humano porque la situación que él precisaba no podía darse en éste de aquí abajo; y así en otro lugar se lo creaba el mismo, regido por su voluntad creadora y la libertad de pensamiento, y donde el desarrollo humano (elemento imprescindible) quedaba alterado en comparación con el existente, extendido a nuevas dimensiones. Cuando incluso se pierde este desarrollo humano nace una forma abstracta, categoría intelectual de una belleza pensada… Faulkner, pues ha dado la vuelta a la novela. Ha creado un mundo, lo mira, lo describe, lo abre y lo deja como en una mesa ante nuestros asombrados ojos como una prueba definitiva que él ya conociera. Al escribir, Faulkner se coloca en una existencia fuera del tiempo y del mundo, mirando hacia él con su ojo intemporal”.

Juan Benet: “Una Biografía Literaria” 2007

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La cavalleria roja – Isaak Bàbel (1926)

la cavalleria roja

Parlem d’un antecedent del realisme brut, de la inspiració que va exercir la narrativa russa en els escriptors nord-americans dels 50’s, com és el cas de Chejov sobre Raymond Carver. Parlem de les peripècies militars que Issak Bàbel va viure en primera persona, després que Gorki li suggerís que voltés abans de posar-se a escriure. Eren temps de revolució i Bàbel va trobar en la seva defensa i posterior internacionalització els temes que volia. Realisme, doncs, i brut, brut, d’unes històries de supervivència inspirades per la violència en la batalla, per la vida al ras i la gana, quan el dogma i el valor flaquegen, experiències amb la mort en un mapa incert que converteix el combatent en un guanyador o en un vençut sense destí. Abans de la inevitable desaparició de l’arma de cavalleria i de l’esperit romàntic de l’art de la guerra. D’una situació de crueltat diària, Bàbel en fa retrats; es desfà del narrador, que hi és, és ell, evidentment, mentre remena records i els dilueix en la distància necessària del costumisme. Hi trobem Tolstoi i Chejov, metàfores de la vida, de la sang i la misèria i la poesia que amoroseix la violència. El dia cau per ponent i els soldats eviten la confrontació, llavors, la nit reparteix entre ells son i gana sense fer distincions. Els relats curts de Bàbel semblen no tenir ni principi ni fi. La seva prosa, adobada en la imprevisió del camp de batalla, arrenca d’un punt difús per ensopegar de forma inevitable amb aquell destí, fet o personatge que demanen ploma, tinta i un tros de paper amb la urgència dels temps morts.

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Art Blakey and The Jazz Messengers – Moanin’ (1959)

Un gozo para el oído. Con Bobby Timmons, Lee Morgan y Benny Golson, Blakey hace realidad su sueño de liderar esta especie de big band de bolsillo. Vibran los mimbres cuando atacan Moaning o Are you Real? subiendo las revoluciones de los sentidos. Y es que uno se siente tele-transportado a esa época, a la penumbra de un club que huele al sudor de la historia que ahí se destila. Y ellos como si nada. Ésa sería una de las claves de este cuento. Estar haciendo historia sin saberlo, tocar por el placer de encajar notas, sentirse conectado y caminando en una misma dirección. Sonriendo a ese futuro del que alguno no disfrutará. Pero ahí les tienen, haciendo más grande el campo, que diría algún entrenador, centrando al área para un remate impecable a la red. Y cuando se acaba la comedia, esperas unos segundos, piensas en lo qué es grande y en lo qué no. Vuelves de nuevo sobre tus pasos para recordar ese instante efímero que es la música. Lo recuperas como quien consigue una mariposa en el aire.

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