Rock Springs – Richard Ford (1987)

Empezaba a hacer frío, como ahora. Y Judy se levantó de pronto y se puso a dar palmadas. Palmadas, nada más. Y todos los patos alzaron el vuelo; todos menos uno, que se quedó allí en el suelo. Supongo que tendría las patas heladas. Ni siquiera intento volar: se quedó quieto, posado sobre el hielo. Judy me dijo: Es una simple coincidencia, Dottie. Es la vida salvaje. Siempre hay uno que se queda atrás
…Siempre hay uno que se queda atrás.

Son historias que sobreviven entre el faro de Nueva York y las luces de Los Ángeles, entre un amanecer de Boston y un crepúsculo de San Francisco. Siempre con la vista en la cálida y seca Florida, reducto de sueños en chándal rosa, dentadura nueva y tinte caro.
247 páginas y los ojos tragan un mejunje amargo de tristeza. De la primera a la última, de esa manera, clavando la uña del pulgar en el papel cuando pasas página. Sí, mucho poderío, barras de oro y chips de estrellas, pero de una costa a otra, un vacío similar al de la depresión cuando golpea abajo. Respirando aire de nada.
Aire de desidia permanente, perdición, la condena que llevamos escrita en la partida de nacimiento, esa fe de bautismo que un desconocido conserva doblada en una carpeta. Entre esos carteles cinematográficos, el frío y el viento barren unas vidas de biblia y caravana, como antiguos pioneros condenados al desierto eterno, puritanos convencidos que dieron la espalda al mundo y a la esperanza.
10 historias de una prosa que avanzan con las pulsaciones medidas. Muestran, no dicen, describen, no juzgan. Con la cuchilla afilada del sentimiento. Ford no hace prisioneros cuando muestra las heridas. Distancia, pugna, alcohol, desamor. Constantes vitales de esa mentira obstinada que siempre asoma tras la última excusa.
Las vidas de Richard Ford marchan al ralentí por una pendiente interminable; asciende al cielo oscuro que anuncia un nuevo día. Cuando alcanzan la cumbre recortan sus sombras en el azul, cuando el primer rayo de la mañana las toca se deshacen.
Vidas de ceniza y polvo.

Neil Young – Old Man

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Evol – Sonic Youth (1986)

Suena como nieve, pasos en la nieve, chirriando cuando se hunden, como el pesado rastro de alguien al abrirse camino hacia una puerta. Suena a asfalto de ciudad, grisáceo y extenuado de tanto como le han pasado por encima, camiones, coches, buses, trailers inacabables, carros de la compra tirados por homeless, pandillas, ambulancias, policias a caballo, rodillos, gruas. Coches funerarios. Suena a caridad, a compasión, a cola de indigentes a la puerta de una parroquia, mientras reciben su ración semanal de café, cigarrillos y comida. A ropa usada, apolillada, envuelta en naftalina. Empaquetada y colgada de viejas perchas. A cuchillas abandonadas y a cubos de basuras vacíos. A caras raras, de largas arrugas deformadoras, de ojeras pardas y barba de una semana. A cortes de pelos y trasquilones, a peinados desordenados en caras demasiado jóvenes huídas de casa hace una eternidad. A la poesía de unos cuerpos desnudos en una casa abandonada, plagada de trastos y de amor y de sopas instantáneas. De calor de brasero, de madera carcomida, de pilas de libros muriendo de viejos por el olvido de alguien olvidado. A un tiempo pasado, lejos de algo llamado familia. A gris blanco cerebro. Una fantasía de café y tabaco en una esquina. La de uno de nosotros cualquiera.

“Expressway to your skull”

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Knockemstiff – Donald Ray Pollock (2011, Libros del Silencio)

“Y entonces lo decimos juntos: ¡Knockemstiff!, y casi da la impresión de que significa algo. La mujer se pone en cuclillas y hace un par de fotos más“.

Donald Ray Pollock. El fenómeno asoma con el mito. Supuesto mito ahogado en pasado y sudor de fábrica: 30 años por 8 horas diarias, de la carne de vacuno a la pasta de papel. Un grado tardío de universidad y una memoria restablecida en una cadena de montaje de mala leche. La vida en la espina, como una carretera que transita por hernias y discos gastados hasta el cogote. Llegas al puente y entonces, invalidez total y una eternidad de cupones de la SS. No hay motivo para la risa, excepto si tienes el oxígeno a mano y puedes jugar con la manija. La carcajada te hace bailar los dientes supervivientes de tu último combate. Acabaste KO. Es lo último que nos queda. Hematomas y sentido del humor.

“Se oía la radio de fondo; sonaba un tema navideño rápido que solo podía comprender la gente religiosa”

Donald Ray Pollock ha aniquilado el vecino “Winesburg, Ohio” de Sherwood Anderson. El cándido y formal Winesburg… Quedó reducido a cenizas con un soplo de azufre y otro de poesía. El alma de esas dulces señoras con sombrero y secreto, mancillada por una ráfaga de esteroides caducados y otra de comida basura. Ray Pollock decidió soltar al Bukowski más en forma y al Palahniuk más cruel por sus calles para que asolaran las floristerías y los salones de té y pastas. Coincidió con el descalabro una sequía pertinaz, luego una tormenta tropical y otra seca y eléctrica, y remató la típica plaga de serpientes. Sobrevivieron al desastre la gasolinera, la fábrica y el bar.

 

Por encima de nosotros, el cielo negro lentamente se convertía en un mar de cera gris” Entonces, vidas como naufragios entre dos lomas de mala suerte. La hondonada en medio como la parte débil que va a llevarse su merecido. Despatarrada y con el sexo abierto al sol. Detrás de una montaña de desperdicios, alguien se acaba de subir los pantalones. En la trasera de un coche, una pareja se cubre la mirada del aliento sucio de la mañana. Nadie se cree más listo que el vecino, todos se prueban, a ver qué sacan del trato que anden cotejando, sea hombre, mujer, niño o animal. Los anormales y tarados también están censados, con caligrafía pulcra y diminuta. La vida no vale mucho en Knockemstiff, lo suficiente para pasar el rato, como un momento de nieve sucia, como el de un televisor sin sonido. Mientras mastican, dan cuerda a otras memorias de guerra. Se acabó Vietnam, Granada y Iraq. Y ahora, ¿qué queda?

“Se dejó el pelo castaño largo, y siempre que se metía un tripi hacía una muesca en el marco de la puerta. Contemplaba cómo la familia de monigotes se movía por la pared y se mataban una y otra vez”

Queda el amor, cera para el pelo y los zapatos, bolas negras y cien noches sin dormir, esteroides, comida basura, gasolina y puentes para lanzarse al vacío. Quedan rollizas cajeras de supermercado, herencias para gastar, mapas y coches abandonados, nidos de serpientes y soldados confiados, una huida entre vagabundos y chatarra, mugre en la ventana. Un rio entre la maleza. Unas pocas palabras por encajar. Nada, dientes por el suelo y un puño cruzando el aire. Frío. Olor a mierda y un gotero sobre ruedas. Una memoria insidiosa. Una población y una carretera de dos direcciones ¿o solo es de una? Eso queda.

Poesía del pobre, le llaman.

“-Bueno, no es que sea gran cosa, pero está claro que sabe abrirse de patas”.  

Hank Williams – Lost Highway

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El Futuro de la Novela (Según Javier Cercas)

(extracto de su artículo “Hugh Grant y el porvenir de la novela”)

Cervantes inventó la novela, pero en la España de su época mandaban los fanáticos y nadie le hizo puñetero caso, así que vinieron los ingleses y nos robaron el invento. Y hasta hoy. Por eso los ingleses (y en general, con pocas salvedades, los anglosajones) se parten de risa cada vez que se habla del provenir de la novela: ellos se limitan a escribirla, y muy buena; y por eso El Quijote siempre ha parecido una novela más inglesa que española“.

Cervantes creó la novela moderna dotándola de dos reglas fundamentales. La primera es que la novela es un género sin reglas; o sea: es el género de la libertad total. La segunda es que la novela es el paraíso de la ironía, entendida ésta como instrumento de conocimiento: don Quijote es un loco de sanatorio, pero también está lleno de sensatez y sabiduría“.

Eso es la ironía; la llave que abre las puertas de la verdad, descubriéndonos que ésta es casi siempre poliédrica, que las cosas no pueden ser solo una cosa, sino una cosa y la contraria. Esto no lo entenderán nunca los fanáticos, y por eso los fanáticos siempre han detestado la novela. De ahí que no le hicieran ni caso a Cervantes nuestros antepasados del XVII y sí se lo hicieran los ingleses, que por entonces empezaron a crear, a base de ciencia y de novelas, la modernidad; y de ahí que la modernidad pueda describirse como la lucha de la ironía novelesca contra la estúpida seriedad del fanatismo“.

“(el provenir de la novela) depende de los novelistas; si son soberbios, perezosos y cobardes, morirá; si no lo son, vivirá muchos años, tantos como quizá acabe demostrando que, lejos de estar medio muerta, está en pañales; al fin y al cabo es un género que, como tal, tiene apenas siglo y medio y es por tanto, y de lejos, el más joven de los grandes género literarios“.

El País Semanal

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